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Liliana pertenece a nuestro equipo máster de natación y de aguas abiertas.

 

Seis horas con cuarenta minutos. Fue el tiempo que necesitó Liliana Gilvonio para completar uno de los mayores desafíos de su trayectoria en aguas abiertas: nadar 50 kilómetros en el río Amazonas. Pero nuestra asociada ya estaba familiarizada con este tipo de retos. A lo largo de su vida deportiva, ha participado en diferentes pruebas de nado en mares, lagunas y ríos, en las condiciones más diversas.

“Me gusta nadar en lugares nuevos”, confiesa. Por eso, cuando surgió la posibilidad de afrontar este recorrido en el imponente Amazonas, no dudó en asumir el desafío. La prueba se realizó el 23 de agosto. Cinco meses antes, Liliana inició su preparación de la mano de la atleta olímpica Sandra Crousse. Bajo su guía, pusieron en marcha un plan de trabajo que incluyó un incremento progresivo de las distancias de entrenamiento en el mar e intensas sesiones en el gimnasio. 

La preparación, además, tuvo un componente familiar. Días antes de confirmar su participación, Liliana conversó con sus tres hijos y les propuso que formaran parte de la tripulación que la acompañaría durante el recorrido. Ellos aceptaron ser testigos de la gesta protagonizada por su madre, y su presencia terminó siendo fundamental. “Fue clave, definitivamente. Me acompañaron desde un bote, mientras nadaba, y me hicieron sentir superprotegida”, admite ella.

 

Durante el recorrido, Liliana estuvo acompañada por sus tres hijos.

 

Una experiencia previa en el río Huallaga le permitió estimar que el desafío le tomaría entre seis y siete horas. Cuando llegó el momento, se concentró en completar los 50 kilómetros en pleno contacto con la naturaleza, sin aletas ni traje de neopreno.

Durante el trayecto pudo apreciar la vegetación y la biodiversidad de una zona que no conocía. Incluso tuvo la oportunidad de observar delfines rosados, y las condiciones climáticas ayudaron: el sol no fue demasiado intenso y hubo momentos de lluvia.

El tramo más complicado apareció cuando tuvo que desplazarse lateralmente para permitir el paso de una embarcación. Esa maniobra la sacó de la corriente que venía favoreciendo su avance. Durante aproximadamente treinta o cuarenta minutos continuó nadando con la sensación de que apenas progresaba. Finalmente, volvió a desplazarse lateralmente hasta reencontrar la corriente. Cuando divisó el puente Nanay, supo que la meta estaba cerca.

A sus 55 años y con el reto cumplido, Liliana resume la experiencia con una reflexión que ha acompañado su camino deportivo: “La edad no es un límite. Todos mis miedos se han ido quedando atrás y yo he seguido avanzando. Hacer deporte no es solo sacrificio, también implica grandes satisfacciones”.

 

Nuestra asociada completó la prueba en seis horas con cuarenta minutos.